La libertad no tiene dueño

Sombras. Foto: CubaDesnuda

Por: Karla Paz

Sabía que le miraban cuando subio a la guagua. Llevaba un pantalón blanco que marcaba un hilo dental. Se sentó a mi lado con un maletín y un monedero que decía “París” en dorado. La blusa corta dejaba ver un tatuaje que continuaba en lo invisible. Un maquillaje con base blanca en exceso cubría su piel extremadamente negra. Todos murmuraron sobre su apariencia… Tenía las cejas mal sacadas y unas pestañas enormes, que de haber llevado gafas hubiesen rasgado el cristal. Le molestaban las miradas ajenas, sentí pena. Lucía unos lentes de contacto verdes que contrastaban con su pelo teñido de amarillo fuego. Cerró los ojos y durmió. Se apartaban para no tocarle ni por descuido. Abrió sus ojos y miró el reloj. Le hincaban tanto las miradas que tomó aire desde dentro y suspiró, como si el mundo le quedara pequeño. Sacó un espejo, cubrió con más base los pelos de su barba y dijo: permiso que me quedo… Hubiese querido pasar más tiempo a su lado, aunque si mi abuelo me hubiese visto de seguro se habría horrorizado. Pero es que es así; la libertad no tiene dueño

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