El arte de empalmar libros desde “el silencio”

Iosmeli Barbier muestra un ejemplar terminado de “Hojas de la Web”

Con la dedicación de un artista, Iosmeli Barbier pega, encuaderna y empalma cada uno de los ejemplares que pasan por sus manos. Tiene 35 años y desde que era un adolescente, además de su casa, tiene un segundo hogar.

“El niño trabaja aquí desde que tiene 14 años, primero como parte de un taller de la escuela y luego como un trabajador más de Ediciones Vigía”, cuenta Agustina Ponce, directora de la editorial más antigua del país ubicada en la ciudad de Matanzas. Cuando habla de “El niño” se refiere a Iosmeli, el joven encargado de que “Hojas de la web”, la compilación de textos del trovador Silvio Rodríguez esté encuadernada para mediados de este mes.

Iosmeli trabaja en la carátula del libro

Al llegar a su mesa de trabajo todo estaba limpio y organizado. Con un pincel embarraba goma de pegar en una mujercita de papel y cuidadosamente la colocaba en un cartón forrado con tela azul. Con una regla la estiraba con mucho cuidado hasta cubrir toda la superficie. Tenía las manos manchadas de pintura y con un gesto me invitó a sentarme. Sabía que yo había preguntado por él la mañana anterior en un intento fallido por encontrarlo, pues acudía a un curso de lenguaje de señas convocado por la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (ANSOC).

Cuenta la ilustradora Álida Fernández, quien nos ayuda a comunicarnos a través del lenguaje de señas porque Iosmeli es sordo hipoacúsico, que cuando la nota sobre el libro salió publicada en la prensa se puso contento y guardó el periódico para que su madre lo viera.

Él sabe quién es Silvio, aunque no lo conoce personalmente. Cuando pregunto sobre la posibilidad de conocerlo en la presentación dibuja un gesto de emoción en su rostro. Algo parecido sintió el día que conoció a Alicia Alonso, en el lanzamiento del libro “Alicia en el país de las maravillas” que Ediciones Vigía dedicó a la Prima Ballerina y que él también empalmó.

Entre otras de sus creaciones destacan ejemplares dedicados a las escritoras Fina García Marruz, Carilda Oliver y Natalia Bolívar.

Es extremadamente cuidadoso con su trabajo, con la higiene y muy puntual con sus horarios. Cuando llega, lo primero que hace es limpiar la mesa, aunque lo haya hecho el día anterior antes de salir. Pero lo que más disfruta es hacer las portadas, encuadernar y que todo quede parejo y bien hecho, precisa Álida.

¿Y qué pasa si sale mal?, pregunto.

No ha pasado nunca, ahí donde lo ves, puede estar mucho tiempo trabajando con esmero para no equivocarse. Nunca le ha quedado mal uno, él es el mejor, asegura la ilustradora.

Cuando era más joven practicaba el lanzamiento de la jabalina, el disco y la bala, y también corría  -mucho y muy rápido-, acota con una seña. Aunque no es fan de la lectura, es muy selectivo con los libros que guarda, “solo los que me gustan”, le indica a nuestra interlocutora. Además disfruta de la pintura y acostumbra regalar a sus amigos algunos de sus cuadros. Hacemos una pausa y me muestra una de sus obras colgada en el recibidor de la editorial, enclavada en la plaza fundacional de la Ciudad de Ríos y Puentes.

Para este muchacho no existen fronteras ni impedimentos para comunicarse. Cuenta Álida que desde que llegó a este sitio dibujó en un papel las vocales, según el alfabeto de señas, y con el paso de los años todos en Vigía han aprendido algunas palabras. Varias veces a la semana, cuando termina de trabajar, suele conectarse a Internet desde el móvil para conversar con sus amigos de Facebook y buscar en Google todo lo relacionado con Ediciones Vigía. Confiesa tener muchos contactos de diversas partes del mundo en esta red social y alegrarse cada vez que encuentra una foto suya o de sus compañeros de trabajo en Internet.

Pregunto por relaciones amorosas y sentimentales. Álida me dice que esa pregunta él nunca la responde, pero esta vez accede. Niega con la cabeza y sonríe. “Ahora no”, me dice mientras articula despacio y mueve el dedo índice en sentido negativo.

Me deja sacarle unas fotos mientras trabaja. Posee una agilidad, exactitud y rapidez increíbles.  Pregunta si falta mucho porque tiene hambre y ya le he atrasado cinco minutos su horario de almuerzo. “Álida, dile que me perdone, que ya hemos terminado”, alcanzo a decir. “Dile que no se preocupe”, responde con una soltura de viejos amigos. Nos despedimos con un beso en la mejilla y lo vi alejarse a lavarse las manos.

(Publicado originalmente en Cubadebate)

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