De esclavos, milicianos y carboneros

El día amanece frío, las noticias dicen que será de los últimos frentes de la temporada.  Un grupo de asociados de la cooperativa de construcción SANCOF decide hacer un periplo por sitios de interés histórico. Primera parada, Museo al Esclavo Rebelde, en Triunvirato, un poblado de la occidental provincia de Matanzas.

Damarys, la museóloga, habla despacio, con elocuencia y precisión sobre Carlota, Eduardo y el resto de los organizadores y participantes de la sublevación en el ingenio Triunvirato aquel cinco de noviembre de 1843. En este sitio hubo sangre, maltrato, resistencia esclava y muertes, como en todas las guerras.

Pasamos a la sala de exposición dedicada a la Operación Tributo. En una vitrina se exhibe un carnet de identidad de un muchacho joven, es casi un adolescente. También hay unos zapatos y un peine pequeño. En una foto Fidel y Mandela, en otra tres periodistas vestidos de verde olivo, dos mujeres y un hombre que lleva una cámara al hombro posan junto a dos niños africanos. Alguien llega a una esquina compuesta por tres columnas de nombres organizados alfabéticamente. Busca desesperadamente, hasta que señala uno de ellos con el dedo índice, hace una foto.

-¿Lo conoces?- dice una voz. La mujer rompe en sollozos.

-Era mi novio, teníamos diecisiete años cuando murió- atina a responder entre lágrimas.

Eran los nombres de los fallecidos en Angola, quienes ayudaron a combatir el apartheid.

***

Dos horas de viaje nos trasladan hasta la Ciénaga de Zapata, aquí el imperialismo sufrió su primera gran derrota en América en la zona de Playa Girón, dicen los libros de historia. Aquí existían las peores condiciones de vida para el campesinado cubano antes del triunfo, dicen los cenagueros.

A la orilla de un camino polvoriento pueden verse montones de troncos picados y apilados, y algunos hornos de carbón. Es la pequeña comunidad de Soplillar, con una población de apenas 347 habitantes. Pasamos por un campo de pelota y en el portal de una escuelita rural una mujer barre unas hojas secas. El recorrido acaba frente a tres bohíos dispuestos de forma triangular. Aquí cenó Fidel la primera noche buena de la Revolución, con dos familias de carboneros. Amaury nos sirve de guía. Habla rápido, conoce la historia de esta zona como la palma de su mano. Cualquiera pensaría que esa noche de 1959 él estuvo sentado aquí, junto a Celia y Antonio Núñez Jiménez. Cita a Martí, a García Márquez, a Katiuska Blanco.

Los bohíos están ambientados con instrumentos de la época, las pocas camas donde dormían los nueve miembros de una de las familias, las chismosas y el horno de leña aun parecen estar encendidos. En las paredes fotos de Raúl Corrales funcionan como una especie de realidad virtual a los visitantes. Al aire libre una mesa de madera con ocho taburetes recrea el momento de la cena, a la izquierda, entre unos árboles, como perdido, hay un horno de carbón. El recorrido culmina en una apretada pero confortable casita. Amaury abre las puertas y con ella mis ojos. Fotos de Fidel y Chávez, de Martha Machado, Kcho, una pequeña y antigua computadora y centenares de libros. Es una pequeña biblioteca premiada con importantes títulos, aquí Walter Martínez, el afamado periodista donó una colección de la National Geographic.

Es hora de regresar. Alguien grita ¡Viva Fidel! mientras alza el puño de la mano derecha. Quiero contar la historia de esclavos, milicianos y carboneros.

 

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