Desmontar un personaje

Pocas veces recuerdo el primer día de curso. Debe ser porque de niña nunca me gustó ir a la escuela y me quedaba llorando mientras mi mamá desaparecía por la puerta de entrada. Pero la primera vez que llegué a un aula de periodismo con tan pocas personas era demasiado grande para llorar y lo suficientemente adulta para no olvidar ese día. Nombres nuevos que aprender, conversaciones que entablar, actitudes que entender. Las mesas estaban dispuestas en forma de U, yo estaba sentada en un extremo. Ella llegó de última, se sentó en el medio y a diferencia de los demás miraba con cara de risa a todos mientras cruzaba los dedos debajo de la barbilla y dejaba descansar el rostro en ellos. Creo que ha sido de las pocas veces que anduvo peinada. Habla alto, gesticula, y su risa, como la Pilar Ternera de García Márquez, espanta las palomas y en ocasiones, logra delatarnos.

El primer acercamiento lo tuvimos después de un accidente automovilístico. Ella fue una de las víctimas. Después se aprendió mi número telefónico y debo aceptarlo, no he logrado quitármela de encima.

He sido la tía de sus perros, cómplice en sus sorpresas amorosas, una especie de amiga agenda y un libro muy básico de recetas de cocina.

Girasoles para Oshún, la oración de San Luis Beltrán para los malos ojos, la brujita de la suerte y el incienso para la energía positiva en la casa, la definen como esa cubana optimista que no profesa religión alguna pero no es del todo descreída.

La vi caminar seria, impetuosa, dedicada y exigente, frente a un grupo de adolescentes en una escuela secundaria. Nos involucramos juntas en la inexperiencia de impartir clases de Educación Cívica. Anotaba cuanta pregunta curiosa hacía un estudiante, las consultaba conmigo, hacía un esfuerzo admirable por aprenderse los nombres de cada uno de sus aproximadamente 120 alumnos, teniendo en cuenta su falta de memoria.

Gusta de la música popular bailable, las novelas televisivas y las revistas de modas. Hace un tiempo odiaba a las mascotas, pero la adopción de varias le ha hecho lagrimear y estremecerse ante el abuso y el maltrato animal.

Como hormiga loca que arrastra una hoja se le ve caminar, preocupada por todos. Suele ser un desastre utilizando la tecnología y sigue creyendo que la vida es demasiado corta para perder el tiempo peinándose. Quizás hoy se siente al lado mío, como de costumbre, ya he dicho que no me la he podido quitar de encima, pero siempre es bueno tenerla cerca, porque descubre cosas que mi miopía no ve para luego garabatearlas en algún lugar de mi libreta y alegrarnos el día con sus ocurrencias y los chistes que logra escenificarle al humorista que tanto venera.

Al escoger el papelito cuidadosamente doblado sonreí al ver sus dos nombres completos, quien los puso sabe que el segundo de ellos queda resumido en la letra inicial y que ella solo lo usa para las formalidades. Aun así, quise ser minuciosa convirtiéndola en persona, pues como ella dijo, “aquí todos somos unos personajes” y este será otro de los escritos que le dedico, al parecer, está predestinado que me haga periodista hablando de ella.

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