Periodista botero

Detrás de mí el sonido rítmico del teclado me hizo suponer que estaba inspirado y absorto en la nueva historia que pronto nos leería en voz alta, como casi todo lo que escribe. Al otro lado del salón se discutía el futuro del periodismo en Cuba y por transitividad, de nosotros como futuros profesionales del gremio.

De pronto dejó de sonar el teclado, y su voz rompió con la seriedad del asunto. “Yo no sé ustedes, pero yo seré un periodista botero”. No pude contener la risa y dejé de teclear otra historia para formar parte de esta.

-¿En serio?-preguntó alguien con asombro

-Sí, de día haré periodismo y de noche seré botero- respondió él en tono jocoso pero con algo de seriedad.

-Vaya, tú verás cómo se te dan buenas historias en esos viajecitos.-Me incorporé al debate

-¿Me imaginan? en vez de pantallitas con reguetón de temporada yo tendré una crónica o reportaje a medio escribir, mientras le pregunto a los clientes el sinónimo de tal o mas cual palabra o simplemente consigo opiniones del público sobre temas específicos sin salir a buscarlas.

Todos los presentes sonreímos ante tremenda ocurrencia. La escena botera de este muchacho barbudo, de pelo largo, fumador y bebedor, viva estampa de un escritor según Bukowski, para nada semejante a la imagen de un chofer cuentapropista no dejaba de resultar insólita.

Alguien le aplaudió la bipolaridad, la doble vida, la posibilidad se subsistir sin abandonar el deber, la pasión por las letras y el periodismo. Todos sabemos que a esta profesión-oficio le hacen falta las historias frescas, atrevidas, más cercanas a la gente y sobre todas las cosas, que los jóvenes no sigan esfumándose de las redacciones porque el sueldo no llega a fin de mes, o peor aún, sientan que han desperdiciado cinco años de existencia.

Soñamos con tener esa otra oportunidad sin apartarnos del mejor oficio del mundo, lo (re)construimos a diario desde el pupitre o mientras releemos a un clásico de la pluma y el papel e intentamos rescatar la conexión público-medios, rellenar los espacios vacíos y defender el cuarto poder que alcanzó un día.

También sabemos que hacer es la mejor manera de decir y que en algún momento la crisis que vive el periodismo actual desembarcará en desarrollo. Esperamos los cambios ajenos a nuestro obrar y la posibilidad de ver hechos realidad cuanto planteamiento se ha hecho en plenos, asambleas y reuniones.

Y aquí estamos, con un mal periodístico incurable: escribir y opinar sobre todo, o casi todo, denunciar, defender, y esta ansiedad juvenil de querer tragarse el mundo en una cucharada.

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