Matancerías y matanceridad

Foto: Claudia Yilén Paz
Foto: Claudia Yilén Paz

Por Guillermo Carmona Rodríguez

Espero el ómnibus, el viento caribeño alza las olas por encima del malecón de La Habana y la espuma me golpea el rostro. Esta bahía no es mi bahía, pienso. La capital son dos capitales, una que se alza en andamios y otra que muere, pero en Matanzas hay una decadencia constante, una nostalgia rítmica. Solo el ausente, el alejado, posee el ánimo para practicarle una autopsia a su hogar.
Mi ciudad, la primera moderna de Cuba, nació ciudad. No fue un montón de chozas de barro que creció, sino que el trazado de sus calles a la par de las medidas de las Leyes de las Indias traía una meta, no se dragan pantanos y se desvían ríos por nada.
La aldea entre corrientes fluviales se expandió más allá de ellas. Con la fundación de los barrios de Versalles y Pueblo Nuevo le arrebató casas, almacenes e iglesias al monte y a los humedales. Cada año más barcos visitaban su rada, una de las más profundas del país, y prosperó con el auge del régimen esclavista azucarero.
Con un patronímico viene una cruz. Su declaración a mediados del siglo XIX como “La Atenas de Cuba” la condenaron a un arquetipo que llevaría hasta la actualidad montaña arriba, montaña abajo. La cultura de esta nación caimán no sería la misma sin Matanzas. En esa tierra de poetas todavía se oyen los gritos de locura de Milanés y el dolor de Plácido o el lamento del desterrado. La brisa trae danzones de Faílde, mambos de Pérez Prado y guarachas de la Sonora Matancera.
La gloria es fugaz y ahora palidece la ciudad. El patrimonio arquitectónico sin la mano del hombre lo destruye la mano del tiempo. Aún se conserva la botica francesa, pero el escenario del Sauto donde todavía resuena la voz de Carusso está a oscuras. El antiguo Casino Español es hábitat de arañas y gorriones, y las aguas albañales inundan la plaza de la Vigía como si el pantano reclamara lo que fue suyo.
Aunque una porción del centro histórico se declaró monumento nacional en el 2013 y luego se creó la Oficina del Conservador de la Ciudad, están detenidas las labores de restauración. Resultan necesarias medidas más enérgicas y una mayor inversión por parte de las autoridades. Por esta razón, a los pragmáticos les digo que la posición en el corredor turístico Habana-Varadero aumentará los ingresos de la provincia, a los estetas que un paisaje gratificante constituye alimento para el alma, y a los insidiosos que se cuiden porque aquel sin amor a su terruño es un náufrago.
El ómnibus se acerca por la izquierda y abandono los bardos de codos en el puente, los liceos artísticos y literarios y sus juegos de flores, la cueva que horadó la barreta de un chino y un valle como el taconazo de Dios. Por suerte el transporte me llevará de vuelta a mi ciudad. Cuando me aproxime a ella y el perfume de salitre de su bahía y sus primeras montañas me reciban recitaré a Heredia y diré para mí: “Es el Pan… En su falda respiran, el amigo más fino y constante, mis amigas preciosas, mi amante…”

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