Adiós tren

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Hoy extrañé esas tardes en las que mi abuela colaba café y mi abuelo bajaba de su carpintería. Lo hacía “hecho polvo” desde las hebras del pelo hasta los zapatos, de tanto lijar la madera hasta conseguir una superficie lo suficientemente lisa. Me gustaba el olor que traía. A la hora en que mi abuelo bajaba, el tren pasaba frente a la casa. Yo iba corriendo de la cocina al portal mientras gritaba a todo pulmón -adiós tren- y agitaba la mano y los pasajeros y el maquinista me correspondían con igual gesto. Otras veces contaba los vagones y mi abuelo me ayudaba a adivinar qué había dentro, mientras se sacudía un poco el polvo para que no me diera coriza. En ocasiones me contó cómo él viajó en uno de esos trenes desde su pueblo, solo para visitar y enamorar a mi abuela. Incontables vacaciones viajé yo en esos monstruos de hierro, me gustaba el ruido que hacían, y muchos niños en el camino hacían lo mismo que yo. Cada vez que repetía los viajes creía recordar a todos y cada uno de ellos, como mismo pretendía que me recordaran todos y cada uno de los pasajeros a los que saludaba desde el portal. Esta tarde mi abuelo coló café. No hubo tren, y mi abuela está a unas noventa millas. Pero el sabor de la infusión me recordó aquellas tardes en las que mi abuela colaba y mi abuelo bajaba hecho polvo, y yo gritaba adiós tren.

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