Para despedir al Caballo en el tiempo del I-Phone

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Foto: Internet

Por: Guillermo Carmona

Visitación le preguntó por qué había vuelto, y él le contestó en su lengua

-He venido al sepelio del rey.

(…) Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie.

Gabriel García Márquez

Desde los picos de la Sierra Maestra hasta los manglares de la Ciénaga de Zapata, en la cúpula del Capitolio, en las costillas de la Mujer Dormida, en las minas de la Señora de la Caridad, en los cañones del Morro crecieron flores amarillas; porque el luto de la tierra cubana no es negro. El negro indica vacío y la ida del Caballo que las crines se le ramifican en el marabú y en las  yerbabuena de las llanuras de Camagüey no es un fin, y él queda como le corresponde a los necios.

La muerte de Fidel Alejandro Castro Ruz o solo Fidel, porque en un nombre va un pueblo, este 25 de noviembre estremeció desde las palmas reales hasta los bambús de las naciones del arroz. La idea de su inmortalidad estaba bien dentro de cada cubano. Nadie imaginaba que se fuera así, sin avisar; por eso los que perdieron el sueño por los ojos rojos, los que maquinaron a altas de la noche como decírselo a los abuelos y a los niños, los que le mentaron la madre a la muerte porque en un momento de dolor se les fue el alma por la boca.

Murió un pedazo de historia viva; nadie lo niega, ni lo negará. Desde la marcha de las antorchas en oposición al gobierno del general Fulgencio Batista y la organización y asalto al cuartel Moncada sintetizó la fe de una generación martiana, con mucho de Mella y Guiteras. El primero de enero de 1959 marcó la conclusión de una etapa e inició otra, si la primera fue la destrucción de oxidadas cadenas y dogmas, la segunda resultó la forja de un nuevo país.

Siempre  anheló una sociedad más justa para el humilde que llore a escondidas del hijo hambriento, el humilde que le pregunten a  Dios  por qué la compañía frutera lo saca de su casa, el  humilde que los bombardeen con coca cola y napalm. Cada acción que hizo, la reforma agraria y las nacionalizaciones fue para que los humildes se apoyaran en sus hombros. Lo imagino con perennes lágrimas a flor de ojos por los pobres de este tiempo del I-Phone y You Tube.

El tercer mundo perdió un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor o un Aureliano Buendía, guerrero curtido en batallas de ideas, de léxico o de balas. Fidel es la última gran figura política del siglo XX que quedaba en pie, se fueron Sandino, Abdel Nasser, Nehru, Madiva, Hugo Chávez y el los despidió, y ahora junto a ellos conforma el legado de las naciones tercermundistas, un testamento de la emancipación del hombre por el hombre.

Su labor como vocero de organizaciones integracionistas como el MNOAL y el ALBA, o sus milenarios discursos en las Naciones Unidas siempre apoyaron un paradigma sur-sur, porque eso era: un señor del Sur; no por una posición hipercriticista contra el Norte, sino por un repudio a la deshumanización de aquellos que le arrebatan el pan a manos ajenas aun sucias de harina.

 

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