Crónica de una muerte anunciada

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Por: Jessica Rufín Hernández

Hoy desperté más temprano que nunca, una vecina me levantaba de la cama a la tres de la mañana para darme la noticia más infeliz del año, al menos así lo siento ahora. La somnolencia y el precoz horario no me permitieron entender rápidamente la noticia que se colaba  con el frío por la rendija de la ventana junto a la que pernocto.

Ayer me acosté a leer en cama luego de haber dado una ojeada a las propuestas televisivas. Uno siempre se acuesta con la esperanza de que mañana sea un día nuevo con mejores ofrecimientos, con la esperanza de que algo diferente sucederá, jamás, uno sitúa la cabeza en la almohada pensando en que el infortunio  pudiera suceder.

En mi barrio recibimos la inesperada noticia de mano de una colaboradora cubana en Venezuela, quien dio crédito de la temprana movilización de los hermanos cubanos en ese país… Resistencia y  negación dominaron aquel instante, luego acaeció la realidad en mis sentidos para dejarme muy dentro un rastro de tristeza y melancolía. Entendí que había muerto entonces el hombre más extraordinario que he conocido, el fenómeno humano al cual no le he encontrado aún, ni le encontraré jamás, similares ni equivalentes.

La noticia se esparció en la madrugada como neblina fugaz. Las líneas telefónicas se hacían eco de casa en casa repartiendo la dolorosa noticia, ya a las tres de la mañana éramos unos cuantos los que conversábamos bajo la luz del cuarto creciente de luna para consolar el corazón.

Uno de los vecinos me confiesa que al escuchar el timbre  telefónico dio un tirón inmediato de la cama, una llamada a altas horas casi siempre conlleva el temor a descolgar y que te anuncien la partida de un ser querido o algún informe irremediable.

-Pensé que había pasado algo malo o que había fallecido alguien de mi familia.

-Así mismo fue, alguien de la familia ha muerto, le dije, y asintiome con la cabeza y con los ojos acristalados.

Telefoneé  además a mis compañeros de aula en la universidad, era la primera vez  en cuatro años de estudio que molestaba a alguno de ellos en horas tan prematuras, sin embargo no lo pensé un segundo, quería saber cómo estaban ellos.

Desperté al padre de una de mis compañeras para que le informara del acontecimiento, por supuesto el también pensó que se trataba de una calamidad familiar. Cuando le dije que Fidel había muerto me respondió con una pregunta clásica: – ¿Qué Fidel? –Fidel Castro, le dije. En una reacción desesperada emanó la palabra más notoria de la semántica popular en Cuba, salió por su boca camino hacia mis oídos, y desde un principio me sonó la expresión más sincera y hermosa. -¡Manda pinga!- Siempre recordaré el pasmo, la poca resignación de ese cubano y aquella mala palabra rezumbando en mis sentidos.

Luego saqué de la cama a otros dos colegas que viven juntos, él me hacía saber con tono somnoliento y educado que ya conocían el suceso, y ella, asustada por demás dejó los nervios a un lado para atender mi inconforme desconsuelo y decirme en tono de apoyo:

– Estamos igual que tú.

Allí estábamos todos, frente a la pantalla en espera de las transmisiones de Telesur. Una taza de café y un cigarrillo me acompañaban junto al clima frío y nocturno, me defendían también del desaliento y  la zozobra. Miré el cielo provisto de estrellas y  recordé a mi maestro de Historia, pensaba en cómo habría recibido la noticia un hombre tan consagrado, pensaba también en mi maestro de ética, de seguro ya estaba pie en tierra rindiéndole el mejor de los homenajes, el del corazón.

Pensaba en mi amigo Dayán, cumpliendo con el deber en la Federación de Estudiantes Universitarios en la provincia habanera, porque conozco la verdadera esencia de su espíritu. Pensaba en el rostro de mi profesora Mirtha, a quien he visto llorar inconsolablemente en más de una ocasión: cuando hablaba del apóstol, cuando los Cinco arribaron a Cuba, cuando un cubano se hace más libre y soberano en su andar y se perfecciona a sí mismo. Pensaba en Carilda y en su amor desmedido, en mi madre, en mis compañeros, pensaba en la vida.

Pasé por la habitación de mi hermano pequeño y lo contemplé dormido durante un instante. Qué gran dicha tiene de poder ser un niño feliz, que aunque no guste estudiar asiste gratis a la escuela, que aunque no guste inyectarse tiene la mejor de las atenciones médicas, esa que de igual forma posee el pobre, el rico, posee el malo y el bueno,  el blanco, negro o mestizo. Ahora, pensaba en Fidel.

A pesar del dolor entrañable, me consuela un adiós desprendido. Me enorgullece la idea de reconocer que la única fuerza que pudo contra su vida fue la fuerza natural del tiempo, ello remembra que “con Fidel, ya no hay quien pueda”.

Mi mayor fortaleza es saberlo también en algún lugar de este mundo reencontrándose con Chávez, El Che y Camilo, imagino que su sentido de afabilidad le bastaría para llegar al cielo y alegrarse de volver a abrazar a Almeida, a Vilma y a Celia. Cuantas cosas nuevas ha de contarle a Céspedes o a Maceo, cuantas veces creo, le contará a estos magnánimos de la continuidad de sus ideas. Lo visualizo regocijándose en un estrechón de mano con Bolívar y Sucre, casi lo percibo llegar al firmamento y preguntarle a García Márquez qué hay de nuevo para leer, pero sobre todas las cosas lo sueño sentado en una nube con su traje verde olivo mirando hacia abajo, para desde aquel gran balcón en las alturas, cuidar de los cubanos y de los ideales de justicia y humanidad.

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