El efecto de las buenas noticias

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Recibir malas noticias es deprimente. Sientes que te empujan por un precipicio sin saber cómo regresarás de ahí. Escribes, haces fotos y quieres pintar la esperanza de mil colores. Quieres ser fuerte tú también frente a una pantalla pixelada. Tienes que tragar las lágrimas y ahogar esos fastidiosos nudos de garganta para que las palabras de aliento salgan de ti, porque ella los necesita, y además, los merece. Piensas en lo injusta que es la vida.

Sabes que tu día va a ser bueno cuando recibes una buena noticia sobre ti, entonces supones que te irá bien, y no te importa el Sol ni la hora, porque te llenas de optimismo y piensas que la guagua va a llegar, o que un alma caritativa de esas que poco abundan en cuanto estires la mano te recogerá en medio del camino y al menos te dejará cerca de tu casa. No piensas en los kilómetros, piensas en las ganas, esas que se acumulan con el tiempo, que te hacen sonreír a mitad de camino y solo tú sabes por qué.

Pero cuando es sobre alguien que quieres mucho y que está luchando por su vida, entonces tu día es perfecto. Bailas, te mueves con rareza por tu casa, cantas sin mucha afinación. Quieres gritar tu felicidad a todos, emborracharte con el vino que padece añejo en el refri y hablarles a todos tus amigos. Ríes por todo espléndidamente, ríes de felicidad, de orgullo, de emoción, vuelven las sonrisotas como flashazo y sigues riendo tú, porque podrían reír juntos, o bailar juntos o emborracharse juntos… Y empiezas a escribir.

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