Extrañar

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Una vez escribí en este blog sobre lo difícil que me resultaba enseñar a una amiga a no extrañar. La verdad, funesta y peliaguda- como diría una antigua profesora mía- es que yo no he aprendido a no extrañar, creo que a eso no se aprende nunca, viene con nosotros, como garantía, pero sin fecha de vencimiento.

Como antídoto están los recuerdos, esos que a veces deciden rebelarse y robarte el sueño, remover las ganas, los suspiros, las lágrimas, los “si estuviera”, y a convertirlo todo en caos.

Imposible no extrañar esos ojitos que hablan solos, las manitos que halan suavemente tus sábanas los fines de semana intentando provocarte un amanecer feliz, sin saber que la felicidad llegó con ella esa mañana que la conociste… La sonrisota, los sabores, tales olores, aquella canción, el beso, el abrazo, la compañía, el mar, la puesta de Sol…”

“Por aquí se te extraña…”, y sonreí, cómplice de un juego que solo sabemos jugar nosotros, del que soy testigo y víctima, y lo hacía, como si estuviera viéndome, esperando un beso, mi mirada directa y curiosa, una carcajada, una imagen mía, una respuesta, o todas juntas. Pero lo que no supo, nunca le dije, y obviamente acaba de enterarse es que aquel beso me congelaba la noche que nos descubríamos más allá del traje, de los permisos, de los límites geográficos (im)posibles. Aquellas palabras, simples, pero llenas de significado, torcían mis músculos, despertaban mariposas y provocaban una orquesta en mi interior, sensaciones todas difíciles de no extrañar (eso tampoco lo supo).

Te extraño, intenté susurrar, aunque la comunicación no era la mejor, y casi le grité, porque el mar me la convierte en lejanía, y hace tiempo dejó de hacerme dulces, de contar historias a la orilla de su cama, de dar el beso de las buenas noches que es especial y típico de las abuelas.

Siempre extraño, cuando escasean, aquellas miradas dinámicas, verdosas o azabaches, que no necesitan verbo, el café de mi madre en las tardes de tertulias femeninas, que hemos bautizado como “Café de las Cinco”, el diálogo con mi padre sobre cualquier cosa -casi siempre el futuro-, el “Tata” que siempre me ha dicho la hermana del medio y la vibración de mi móvil con el mensaje de mis amigos.

Lo cierto es que extrañar llega a convertirse en una parte indispensable del ser, del pensar y la razón humanas.

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