Cosas del reguetón

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Foto: Facebook

Un video inunda mi muro de Facebook. Dos niños cubanos “perrean”, “lo dan todo en la pista”, y resulta, que esa pista, es una escuela primaria. Un video que nadie ha filtrado, ha publicado sin permiso, no. El video lo subió orgullosamente el padre de una de las criaturas, que por sus tamañitos y caritas, aprecio tengan entre siete y ocho años, no más.

Por la velocidad de mi conexión, inicialmente no pude visualizarlo, pero los comentarios de mis amigos (los que lo compartían, y los que no lo hacían por razones obvias) eran de rechazo y repudio al hecho. Pero no podía esperar, en cuanto tuve el chance, digo, la velocidad, pinché, algo estaba pasando. La verdad, yo tampoco supe si reírme, llorar, o gritar infamias también.

Nos hacemos famosos por nuestra rítmica forma de mover la batea, y vendemos nuestra imagen, y la de nuestros niños en la más barata miseria tercermundista, como si no tuviéramos cosas mejores que mostrar.

Hace apenas unas horas escribía sobre las ausencias, esas que son más que las existencias, y recuerdo a una amiga cuando en el cumpleaños de su hijo, figuraba de chea y anticuada por alegrar la fiesta con canciones de Teresita Fernández y Liuba María Hevia.

Ay Reguetón! ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Hasta dónde llegaremos? Es cierto, esta imagen, aunque no se repita y publique todos los días en las redes sociales, ya está al doblar de la esquina, y como decía un amigo en su muro de la red social antes mencionada “hace rato que el fenómeno estaba ahí creciendo ante nuestras narices, lo que siempre miramos para otro lado….”

No voy a rajar completamente sobre el género, porque la verdad la verdad, cuando voy a la disco, o a una fiesta, hago lo posible por ser una bailadora más, y, sin quererlo, ya me sorprendí tarareando un temita. Nada que dicen que los periodistas tienen que verlo, leerlo y escucharlo todo, y sin darte cuenta te vas contagiando con el ritmo y aprendiendo ciertas mañas en la carrera. Lo que sí me raya la pintura es que ese video, con esos niños vestidos de uniforme dice mucho de nuestras escuelas (gratis para todos), de nuestra cultura, nuestra educación, nuestros valores y nuestros principios.

Definitivamente algo está pasando. Como una pandemia se expande el ritmo, que poco dice y que todos oímos, incluso, bailamos. Y no se trata de prohibiciones, porque esas, demostrado está, apasionan. Se trata de hacer algo, que se atempere a nuestros tiempos, que guste tanto y diga más, o mejor, diga algo, de que nuestros niños no aparezcan en esas poses vulgares que tanto nos desprestigian, y entonces ya no seremos cubanos por una imagen como esa.

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