Deudas

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Hoy recordé que teníamos una deuda que nunca saldamos. Contratiempos, siempre tan “apropiados”, parecían perseguirnos.

Creo que una deuda sin saldar es un pecado, no estoy segura, pero una de esa envergadura lo es. Condenaría también los contratiempos y a los amigos que llegaron en horas inapropiadas.

Tiempo perdido, malgastado y justificado, tiempo no aprovechado. Derroche de ego y orgullo de ambas partes.

Otra vez los flashazos: el mar y su brisa, tus comisuras que a veces se volvían muecas, la forma en que tuerces las manos o las resguardas tras la espalda cuando de elaborar respuestas se trata, tu rápido hablar y mis esfuerzos por entenderte.

Suena Ellie Goulding y vuelvo a la noche de los ruidos, aquella llamada que pedía espacio y discreción, a los placeres que como dioses sabemos proporcionarnos los mortales, el desafío a mis cosquillas, el beneficio de la duda que proporcionaban cada uno de tus misterios. Otra vez al teléfono, mi risa a las y tantas de la madrugada, las pelis que dejamos sin ver…

De nuevo tú, y no sé por qué. De nuevo cursi y sin querer, escribo sobre ti y los desencuentros. Lo cierto es que tenemos una deuda que creo nunca saldaremos…

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