IMO: Búscate un parque

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Foto publicada en Cubadebate

Especial de Guillermo Carmona para Había Otra Vez

La fauna y flora de los parques fructificó desde que instalaron el servicio de WiFi en ellos. Ahí encontrarás a los facebokcianos, marcianos impasibles detrás de su móvil; a los noticiosos, que escarban los medios de prensa para iluminarse acerca del último pie que empujó la última pelota dentro de la última portería. Sin embargo, también hay un espacio para loa nostálgicos, el IMO te da la posibilidad de interactuar en dos dimensiones con tus allegados más alejados.
IMO es una aplicación de videollamadas y mensajería para el sistema androide. Entre los nacionales resulta popular, por encima de otras parecidas como el Viber y Skype, por lo sencillo de su interfaz y lo fácil que resulta -vía Zapya-, la autopista de la telefonía móvil. Solo es conseguirlo e instalarlo.
En estas zonas urbanas, psicológicamente diversas, como son los espacios WiFi, chocarás con ciudadanos que le gritan a sus celulares y en lo que otra ocasión sería un síntoma de esquizofrenia, constituye una muestra de afecto. La lenta conexión dificulta que la comunicación sea efectiva, por lo tanto, los usuarios nauta alzan la voz para desafiar a la conexión e imponérsela a fuerza de pulmones.
Ellos te gritan sus verdades e intimidades a la cara sin querer, a menos  que alguno halle placentero hacerlo. En el tope de la lista de los lugares con menos privacidad están los parques; sobre todo, si es uno donde confluyen tantas personas para aprovechar los bytes disponibles de internet.
En esos sitios públicos, coincidirás con grupos que vía teléfono cantan felices cumpleaños con un cake con velitas y todo, aún no sabemos cómo apagará el festejado la llama; te enterarás de la medida de ropa interior que utiliza una novia abandonada y que el distante enviará en el próximo alijo y, si tienes suerte, de las relaciones amorosas de una serie de amigos y familiares, como si fuera la trama de una telenovela.
Contemplar los píxeles de un rostro conocido provoca que las distancias se achiquen, que los kilómetros y millas sean centímetros; y que se multipliquen las euforias y el “gorrión”. La mesura en momentos así, tab ardua como parezca, es necesaria para no intervenir con el prójimo que también padece su euforia.

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