Un cumpleaños para recordar

Foto: Internet
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Especial de Jessica Rufín para Había Otra Vez

 

Un cumpleaños en Cuba es una experiencia de las más intensas que se puede vivir. Se siente una adrenalina meritoriamente comparable con un salto en paracaídas a mil metros de altura, ya les expreso el porqué.

En mi pequeña tropa de aspirantes a reporteros, el tema ha sido argumento constante de polémicas y debates. Se cuestionarán ustedes las razones por las cuales un gremio periodístico no discute sobre política internacional o desafíos de las sociedades actuales, y no es que no lo hagamos, pasa que no hay nada mejor que interrumpir un turno de clase, claro, siempre que se pueda, para mitigar sobre las torerías de un cumpleaños cubano.

Lo gracioso de la historia es que el debate se lleva a cabo con la mayor seriedad del mundo, sí mis amigos, como si estuviéramos analizando las causas de una posible sequía permanente de las Cataratas del Niágara.

Las personas no suelen detenerse en estos asuntos porque van menguando con los años y se olvidan de que una vez fueron niños. Por suerte en el mundo quedan personas como las de mi grupo, que al parecer no envejecerán ni con el implacable paso del tiempo.

El punto de partida, aunque no suene muy profesional, es demostrar científicamente que los cumpleaños frustran a los niños, y que me perdonen los psicólogos, hemos podido apreciar dicho fenómeno mediante el método de la observación, por no hablar de esos niños, como quien escribe, victima declarada de esta especie de celebraciones.

Mami nos pone bonitos para irnos a la fiesta, habrá payasos y toda la cosa, invito a otros amiguitos, pues la ventaja de ser niño es que nadie te critica si llegas a la fiesta sin ser invitado. No se cuántos pellizquitos me colocó en la cabeza, y a mi hermano le pusieron un pantalón y un par de zapatos que le quedarán justos más o menos dentro de tres años. Ya estamos listos, vamos corriendo que llegamos tarde.

Allí están todos mis amigos, los de la escuela y los del barrio también. Me reciben los padres de la celebrada y saludan a mi mamá. En ese instante entendí poco de lo que estaban conversando, pero algo se quedó en mi mente y ahora que recuerdo le contaban a mami sobre lo epopéyico que resultó concebir una fiesta como esta.

Comienza el festejo y  sale el payaso, qué alegres están todos, ¿pero qué sucede, cuál es el alboroto? A la festejada le dio una sirimba por la emoción. No, eso no fue. Bueno por lo que se aprecia desde mi lugar creo que es un arranque de pánico por la presencia del payaso. Pobres padres, ¡niña mal agradecida, que el alquiler del payaso costó veinte cucos!

Llega el tesoro escondido, y a poner en práctica mis dotes de exploradora. Tengo el terreno calculado, no se me escapará ni un rincón de la casa. Me llama la atención que hay varios chicos situados en ciertos puntos estratégicos de los alrededores. Hummm, atrae mi curiosidad sus semblantes intrigados. Vuelvo a analizar el contexto, porque nadie se quedará con mi tesoro, ¡nadie es tan hábil como yo para este juego!…Noto que los niños saben algo que yo no sé, y sus caras me parecen conocidas. Empieza el desafío… y me quedo sin encontrar tesoro alguno, debí haber imaginado que los niños conspiradores a los que vigilaba eran parientes de la festejada. Tesoro escondido, entre familia distribuido.

Ahora continúa la rifa, hacemos una fila de hembras y varones para recibir los papelitos que dentro tienen escrito el regalo de cada quién. ¡Un relajo para la alineación, QUE VA, ni que en la escuela no nos enseñaran a formar como personas decentes! Al rato me di cuenta del esfuerzo irrisorio y de lo inválida de mis intenciones, de poco me sirvió ser la niña mas organizada de la hilada para coger la rifa, mi papel, estaba en blanco.

Viene la escena que más disfruto de un cumple, la piñata. Suena en el equipo de música una canción alegórica al suceso. Las tías de la cumpleañera, contentas y bajo los efectos del vino tinto que bebían, zapateaban la canción infantil como si estuviesen bailando el último hit musical en medio de una corrida de toros.

Halar los hilitos de la piñata es la parte más tensa de la historia, pues se deben agarrar las cuerdas y no hacer demasiada fuerza hasta que no tiren la foto y la madre no saque a la niña del medio. Hasta aquí llegaron los amigos en la fiesta, en momentos como este es mejor no conocer a nadie, no crear compromisos y luchar, sólo por alcanzar el objetivo.

A la una…a las dos… y a las…se abre la piñata, caen los caramelos, ya tengo las manos llenas, no puedo coger más porque no tengo espacio en mis manos y no tomé antes la precaución de echarlos en la blusa como otros a mi alrededor, que usaron las prendas de vestir como redes para pescados.

Al fin logré salir del volcán que se ha creado. Unos lloran porque no cogieron ni un chupa chupa, otros están felices  porque se llevan a casa grandes porciones de golosinas, y yo, voy a comenzar a llorar porque acabo de darme cuenta que no me queda ni un pellizquito de los que mi mamá me puso en la cabeza.

Tengo la vista nublada de tanto sollozar, de tanta tristeza por la pérdida de mis pellizquitos. Poco a poco fueron apareciendo, algunos de ellos que encontré entre los regalos de otros compañeritos y otros que jamás olvidaré… porque alguna vez me resguardaron la melena. No veo la cajita con dulces que mami ha puesto sobre mis muslos, estoy un tanto aturdida. ¡Ni lucha voy a coger con lo que viene dentro de mi cajita, tengo tanta suerte en los cumpleaños, que de seguro a la mía, le falta la croqueta!

 

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