Las tristezas de La Habana

Habana copia [Resolucion de Escritorio]

Más allá de un simple disparo, aquello era una ceremonia emocionante. Lo había visto tantas veces en televisión que no esperaba a llegar allí y disfrutarlo de cerquita, donde se te pone la piel de gallina de verdad. Donde eres un personaje moderno que por arte de magia regresa al siglo XVIII para presenciar en vivo una de las tradiciones habaneras más importantes de todos los tiempos.

Así, mis amigos fueron a celebrar su aniversario de novios a La Habana. Pero la tristeza selló los poros de Rachel cuando se encontró en medio del camino oscuro que la llevaba al “cañonazo” de las nueve, más el desánimo con el que los encargados hacían su trabajo.

Su segunda decepción fue en el Museo de Bellas Artes, cuando preguntó por los pintores vanguardistas cubanos y la guía no le supo explicar. “¿Pero cómo ocurren estas cosas en lugares frecuentados por todo tipo de público, con tanto turismo nacional e internacional?”

Yo sin respuesta padecía sus interrogantes, pues días antes había estado en el complejo histórico Morro Cabaña, en lo que supuse fue la oficina del Che –supuse-, porque las explicaciones del lugar divagaron en un inglés de quinta para una pareja de foráneos que se quedaban más incoherentes que seguros de estar recibiendo información histórica. Más allá de los problemas del idioma, la museóloga insistía en retirar los restos de almuerzo de su dentadura mientras hablaba, con desagradables gesticulaciones que nos inquietaban a todos. Digo todos, porque aproveché para escuchar las explicaciones.

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Al igual que ella, en mi viaje detesté el churre, la basura, el desconocimiento, la desmotivación y las calles inundadas de gente-wifi, que aun en el churre, el polvo y el indiscreto pasar de transeúntes, apuestan por el acercamiento al resto del mundo a través de Internet.

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La Habana me dolió hasta el cansancio que provocaban el calor del verano, los balcones colgantes, las ruinas de lo que fue y la preocupación de lo que será. No puedo negar que disfruté los viajes al cine, el teatro, museos, las majestuosas vistas, las tardes de malecón, la fortuna que me regaló un café frío, en un bar merecedor de su nombre, pero eso no es suficiente. La historia de un país la escriben quienes la viven y la padecen, en cada una de sus generaciones. No se trata de romper con las raíces, sino de (re)construir, recordar, progresar, y de no perder, bajo ningún concepto, nuestra identidad.

 

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